Friday, October 27, 2006

LA SEGUIDILLA DEL VIENTO Y EL INFINITO

LA SEGUIDILLA DEL VIENTO Y EL INFINITO


Y ahora me lleva el infinito
a mares no rodeados por el eco...

yo soy yo
y tú que tú, que
¿me escuchas? ¡por qué te esquivas!
el reposo de esta sombra
es absorto por el enemigo
eh,
si hasta nuestros amantes
se embrujan riéndose
de nuestras caídas,
y entonces nos escandaliza
el rocío.


Ahora me lleva y se va
van las heridas sangrando
linfa transparente
en lo hondo de las venas
de las llanuras...
y yo, que armándome de mi poesía
invado el verdear virgen
que espera la mañana...


( ¿¡oh Dios mío
este camino me lleva o me viene,
y quién es éste que
conquista los valles del silencio
sin dudas ni pertrechos
y por qué los palacios habitados por la locura
y los campos barbechos acallados por el ladrido
y ahora dime:
por qué me abrazas
cuando canta mi agonía
y por qué tu luz
es desmantelada!?


Y ahora patria de las mesetas de alfombras
y las sombras sandálicas,
ahora te lleva el viento
ahora te lleva y se va...



se ha dicho algún día
que cuando venga el viento
nada, nada se quedará como es

y cuando vino el viento
nada se quedó como es
excepto yo
me quedé como aquel niño
que le engañaron en el color del cielo

y en aquel momento dado
se extendieron las manos del infinito
y me cogieron de la montaña de morriña...


y por eso patria mía
- cuando nos hemos separado -
tú fuiste quien
la llevaron las alas del viento
y yo fui quien
lo abrazaron los senos del infinito...



Alejandría.

Monday, October 16, 2006

DESDE EL FONDO DEL OLVIDO

DESDE EL FONDO DEL OLVIDO

Fragmentos:


Desde el fondo del olvido solloza la memoria del cuerpo\alma con el llanto existencial arraigado en la solemne tristeza. En tal fondo vivimos, sobre la tierra del olvido crecemos y se encumbran nuestras jubilosas, meditabundas y creativas mentes. Lo que la demás gente llaman olvido es para nosotros estas inagotables nubes que no cesan de caer sobre nuestros agrietados corazones y nuestros bolígrafos de tinta seca; nuestras letras retoñan las semillas de las raíces de las alfombras de tierra que se enverdece y se irisa hasta donde alcanza la vista. Nuestras palabras añoran abrazar los ojos y al ritmo del redoble de los latidos de los corazones. El amoroso rocío se condensa en las copas de las flores que inspiran optimismo lo mismo que se condensa la sapiencia en las venas de las mentes que aspiran a superarse. Entonces surge la luz en las cuencas de la humanidad que se encontraba a oscuras durante la remota vida antes del momento del nacimiento.

Y cuando el creador quiso que sea el universo inspiró a la tierra a que fuera terrosa, a la arena a que fuera arenosa, a las rocas a que fueran rocas, a las piedras a empedernirse y a cada semilla a que retoñara y escogiera de los colores del crepúsculo una túnica para sí; inspiró a las aguas a fluir, a las estrellas a titilar y al hombre a que sufriera... y pudiera elegir entre el sollozo rabioso o la silente noble tristeza.
.................................

¡no hay olvido ni momentos muertos... quién quiso que seamos y de dónde proceden esos truenos del estrépito de la ubicuidad! Cuando se arrancan los troncos de los árboles de las ideas, los acontecimientos y los posicionamientos, de las mentes de la gente; nosotros los plantamos en los surcos de nuestro interior virgen. Nos cerca la cotidiana realidad, entonces hurtamos un ratito del tiempo calculado del día para traspasar el umbral hacia nuestros iluminados adentros. Nuestra sorpresa sería la misma que si abriéramos la ventana de nuestra casa y descubriéramos un vergel contiguo; pues acá vive el olvido en su mejor cariz. Trinamos a la vez como si oráramos una tácita misa: ¡No, no, no. No hay olvido ni momentos muertos!...

¡de vosotros nazco y a vosotros extiendo las manos, queridos míos en todos los tiempos y los lugares, con quienes ya me había encontrado y con quienes aún no me he encontrado: yo ya no soy yo, sino todos vosotros, de vosotros vivo y a vosotros empeño mis latidos. Sois lo que escribieron mis manos y a vosotros dedico lo que escribirán. Hacia los cielos bajo cuyo techo vivo arrojo mi ente, quizás llegue a lo más profundo de vuestros corazones... desde ese fondo llamo augurando el reino de la paz y los fascinantes sueños que yacen en el regazo de la naturaleza. Hacia los infinitos horizontes aspiro emanando mis ósculos y mis saludos y sobre este césped me tumbo para recibir la inspiración de los pasos venideros...

no me hagáis caso ni os sintáis atraídos por las vibraciones de mi cuerpo que pasea entre vosotros; aunque el sudor de mi frente y las lágrimas de felicidad que derramo por vosotros caerán sobre vuestros corazones como un aguacero. Entonces no me recordéis ni recéis por mí; ahincad vuestros dedos en la tierra como raíces y repartid el resto del cuerpo por el resto del mundo, y que la pupila de vuestros ojos busque en su camino hacia los cielos al humano ser humano...



Roma.

LA TIERRA SE ACUERDA

LA TIERRA SE ACUERDA

(Fragmentos)

Después
de
esta
vida
tan
luenga
y
extensa
que
había
vivido
se sentó
un día
a recordar:


Circularon chirriando las norias de su memoria en medio de la noche de serena oscuridad, rumiando su vida desde la infancia. Aquella infancia jubilosa entre las calles del sempiterno universo donde está rodando desde que salió de su querido entorno natal, donde vivió la niñez y la adolescencia. Su mente se quedó en blanco y le estremeció un escalofrío de placer cuando susurró la palabra adolescencia, aquel hechizado y sorprendente melifluo brotar. La niñez y la adolescencia son los ojos que beben de la ubre de la vida y la vida bebe de ellos sus memorias y sus pensamientos, su cauce y su desembocadura: guijarros, piedras y arena. Tierra, rocas y minerales. Aguas y fuegos reprimidos se sentó recordando:
Recordó su niñez y el desarrollo de su tierno cuerpo y su alma apacible y feliz; cuando la mimaban los astros mayores y le soplaba la brisa de las galaxias aledañas y le tranquilizaba el alma. Mamaba del pecho del espacio agua de señera nitidez y dormía sobre la cuna de las pululantes constelaciones soñando con los ángeles niños. Vivía tan feliz de niña que a veces se despertaba del sueño riéndose; y también, a veces, lloraba despierta cuando le faltaba el calor del regazo de Dios, aunque sea por un instante.
Los siglos en los que aprendió a andar a gatas sobre las desplegadas alfombras moradas y después a andar agarrando las piernas de los soles y las lunas para no caerse. Los primeros tropiezos cuando intentó andar sola y el siglo en el que lo consiguió sin las manos que le apoyaban, y toda la familia aplaudiéndole de alegría en el abierto vergel del espacio.
Creció y salió del regazo y del calor de la cuna a ver lo que hay fuera de la habitación, las otras habitaciones y la explanada que las rodeaba. Aprendió a hablar palabra a palabra y empezó a jugar con las muñecas de cabello suave y denso y grandes ojos orondos pintados de kohl. Cuando creció un poco más se hizo más traviesa y salió fuera de la casa, a la calle, a las calles contiguas y las explayadas plazas que quedaban detrás. Aprovechaba el descuido de sus familiares para salir a jugar a la comba con las niñas de su quinta sobre las líneas de las celestes constelaciones sin límite. Fuera adonde fuera se sentía fascinada por la irisación del sol y la luna, del relámpago y las estrellas. Desde su temprana pubertad descubrió el sorprendente placer que sentía cuando robaba unos lapsos para sentarse sola a contemplar. Escogía extraños lugares para aquellas sentadas de contemplación. Le gustaba, cada vez más, estar sola durante largo tiempo y su juego favorito era aquel emocionante juego que se llama la vida.
Cuando empezaron los pezones\cumbres de sus hermosas montañas a resaltar y empezó a sentir el estrepitoso estallido de la feminidad dentro de sí, notaba que cuando andaba un poquito aprisa durante largas distancias entre los cielos que se alejaban entre sí, fluía en zonas de su piel de polvo el sudor: esos océanos, mares, ríos y lagos como ojos nublados de lágrimas; no son más que el sudor que le empapaba en las caminatas de su pubertad. En otros posteriores remotos tiempos aquel sudor se sublimaba y se condensaba en nubes y polos glaciales. No cesaba el sudor de infundirse entre los valles que cruzaban su cuerpo como las líneas de la palma de la mano. Cosió para sí misma, con la urdimbre de las alfombras de hierbas, sayas que luego emparamentaba con admirables diademas de orégano; entonces revoloteaban enamoradas las palomas, los pájaros de colores resplandecientes y las gráciles mariposas embrujadas de amor. Sentía su adolescencia romperse en una dulce púdica feminidad. Aprendió a bailar al son del cántico de los pájaros, al susurro de la brisa, a las melodías de la sinfonía de las cascadas y al silbido de los violines del viento. Se inspiraba en el embeleso cuadro que el creador dibujaba en sus continentales miembros valle a valle. Emprendió su caminata por las calles de la eternidad hacia la luz.

La Luz. La luz es lo que la resucita y resucita todo lo que ruge en ella, lo que se desperdiga a su alrededor y lo que le impulsa a caminar.
Caminar. Caminar es seguir adelante siendo quien somos.
Caminar es lo que da a la vida las facciones de vida:
“de tanto amar y andar salen los libros, y si no tienen besos a legiones, y si no tienen sangre a manos llenas, y si no tienen mujer en cada gota, deseo, hambre, cólera, caminos; entonces no sirven para espada ni para escudo”.1
caminar es andar en sigiloso estruendo con un estruendoso sigilo. Es andar dulcemente dejando las huellas de nuestros pies sobre el cuerpo de los caminos al caminar. La Luz es lo que alumbra los caminos al andar. No se da la luz a quien no tenga Amor.
Así fue la adolescencia... contemplar y ver... concebir y sentir las asociaciones de nuestro interior o lo que llaman sentimientos. Porque, como la niñez es la formación del cuerpo, la adolescencia es la formación del carácter y la personalidad.






















1 texto de Pablo Neruda.

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  • "De tanto amar y andar salen los libros, y si no tienen besos a legiones, y si no tienen sangre a manos llenas, y si no tienen mujer en cada gota, deseo, hambre, cólera, caminos; entonces no sirven para espada ni para escudo" Pablo Neruda
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