Saturday, September 30, 2006

¿QUIÉN LLEVA LA CARROZA?


¿QUIÉN LLEVA LA CARROZA?

(Coro en rubbayát[1] a unos poetas de España)


Quizás sea Dios
quizás seamos nosotros
convirtiéndonos en Él
quizás sea cualquiera...

nacemos gritando, nacer es un quehacer
y en cada cumpleaños, renacer es más difícil
nos llevan los pasos, nos lleva el ritmo
eso está revuelto, ¿quién lo desordena?

quizás sea Dios
quizás sean los ángeles...
por estos barrios del mundo
ya no pasan los bomberos...

jugamos al escondite.. entre nuestros adentros
este ruido de coches bombas
¿de dónde procede, quién lo reproduce?
cerramos los oídos y andamos sin ojos...

¿dónde para este gusano, quién nos conduce?
preguntamos al cielo, a las nubes, a la nieve
interrogaciones retóricas.. la luna sonreía, blanca,
casi verde, como rimas andaluzas, en galas de llanto...

y levantaba el índice, hacia el cielo diciendo:
¡es Él, Dios, escondido entre nosotros!
y mientras tanto el tiempo, lentamente corría
siguiendo la vida, yo qué sé adónde...

al gusano le da por echarse al suelo
de risas y carcajadas, al rey por lo mismo
y al poeta le da, por escribir solo,
sólo por las noches, oyendo estos coches, espoletas, pasando...

vivir es dar, todas las cosechas
a la hormiga gigante, que lucha en el desierto
luchando por vivir
es premiar al sapo, por alegrar el bosque con su canto...

quizás viviendo seamos hombres
quizás tengamos nombres
quizás no pase nada, llegamos con el alma
sangrando a cuestas, a la muerte que espera...


allá cantando nanas, “Nanas de la cebolla”
picoteados en el pecho, como el toro de la fiesta
o aquél que abría surcos, caminos hacia Dios
por donde nadie anduvo, para alcanzar la Luz...

todo parecía roto, se reflejaban sombras
en otras en el rincón de una taberna remota
se veían en todos los instantes Luces
reluciendo de la Bohemia, verdaderas luces...

y como Max ha vivido como una Estrella
tendrá que morirse como una estrella
para volver a lucir, en otro atardecer:
los ojos no ven cuan ven las almas...

al titilar las luces, se descuelgan del cielo
del corazón que late, estrellas cariñosas
amando a los ojos, que las miran amando
nos vemos reflejados en las pupilas del otro...

cuando nuestro amor se extiende creciendo
nos volvemos locos de amor colectivo:
abrazamos a la madre sintiendo la ciudad
y traicionamos a la querida, nos acostamos con el pueblo...

cuando nuestro amor sea excelso, amaremos sin límites
amor con muchas ganas, amor sin recompensas
amor puntualísimo, como las doce en punto
de cualquier Nochevieja.. amor sin esperar nada...

vivir es vivir, ni más ni menos
escribir es felino y amar es preciso..
vivimos caminando entre estos laberintos
del mundo que nos rodea, vivimos a ciegas...

entre guerras salimos, entre estos odios
y rencores arcaicos, salimos del caos
poetas sin lenguas y sin eco de las voces
derramando esperanzas y preguntando por el cabecilla:

¿QUIÉN LLEVA LA CARROZA?



Tetuán, Madrid.


[1] Los rubbayát son poemas de cuatro versos, los más conocidos son los rubbayát de Omar Jayám.

ESCASAS MAÑANAS

Contra la corriente que le arrastraba nadaba en un caudaloso piélago tan estrepitoso como el sigilo más profundo... y cuando arribó al litoral del caos absoluto supino sobre los lechos de las ciudades de los mundos cuyos ojos cerrados navegaban en sueño, recogió los átomos de su cuerpo y se sentó recordando:
Solo. Como me acostumbrasteis desde tiempos arcaicos. Solo llorando aquellas ascuas que no cesan de caer de las cuencas de las latencias.
Solo. Me pregunto anhelado con un amor apuñalado en el jadeante pecho en silencio: ¿por qué

habéis extendido los horizontes de la mente\alma hasta donde alcanza la vista, y me habéis conducido hasta la bocacalle de este presente deshabitado... y allí me dejasteis?
¡solo!
Me pregunto arcanamente por dentro: ¿por qué? ¿por qué me enseñasteis a salir de mi cuerpo al volar hacia el camino que está por venir. A olvidarme de mi ente. A llenar mi boca con este sangriento amor y con tierra, a cubrirme la cabeza con ceniza de tristeza, a erguirme en la plaza de vuestro encuentro, a blasfemaros y después morderme la lengua... por qué?


¿por qué regasteis los huertos de mis ojos con sueño lactante que revolotea como un cuerpo etéreo que ve la oscuridad y se alimenta de la verdad... con la cabeza rapada y los pies descalzos.
Digo que veo en lo que veo en sueño olas niñas que sueñan con las fuentes y espigas que reivindican la paz.


Vosotros ya no sois vosotros ni yo ya soy yo... mas, a todos nos azotan las tempestades de esta galaxia desde que nos fue escrito caer en cuyo abismo al esparcirse nuestro planeta, este telúrico donde estamos, en la Vía Láctea de la diáfana perennidad humana.
¿Por qué me disteis vuestra bendición y el don de descifrar los enigmas de la letra y luego la visión, antes de abandonarme como un recién nacido al principio del camino?
¿qué puedo hacer yo en este absoluto infinito? Encendí las velas de mi imaginación, cuyas llamas se balancean como ramas y desperté las almas de homínidos con un sólo soplo de cuerno y anuncié emprender la caminata del sempiterno éxodo: aquellos impolutos hontanales de luz, este difumino de los colores de las bocas de la naturaleza, la arquitectura de las arañas, del musgo y de aquellas nubes costeras. La música del crepúsculo, de las mariposas, de los bosques de arbustos, de los árboles y la poesía. Los detalles de la fisonomía de los poros de las vidas, las generaciones y las arenas de los sedientos desiertos. Olfatear la sinfonía de perfumes de las plantas de las laderas, las planicies, las orillas, los oasis, los surcos, las cumbres de montañas y los oquedales de sándalo. Abrir los mieleros ojos para ver el mundo de un color que no lo ve el resto de los inmortales videntes despiertos al mismo tiempo y sorprenderse los oídos al escuchar esta estentórea voz profunda que se profiere desde las fauces de la conciencia de los poetas desde la infancia de este mundo que envejeció y se olvidó de su historia.
En nuestra constante caminata hacia la excelsitud no tenemos más camino que la creatividad. Y cuando nos cubre la luz surgida de las pupilas de los soles, cuyas despanzurradas áureas entrañas son sorbidas por nuestro cutis carnavalesco con infinita alegría y los rayos corren por las venas con el alborozo de los niños apretujándose a su salida de las aulas al mediodía.
Entonces se convierte el redoble de los latidos en un ritmo ecuatorial cuyas cascadas caen en nuestros internos paraísos.
Entonces los pasos que damos sobre la tierra se convierten en latidos\ósculos de amor que añoran esculpir los momentos, las palabras y los posicionamientos sobre la frente de la memoria de nívea blancura.
Entonces se empiezan a dar los primeros pasos sobre las brasas del rojizo volcánico camino
y empiezan las plumas de las alas a nacer.
En el camino el oreo murmulla sobre las afelpadas mejillas y la roseada llovizna perfuma el aire con sus rociados dibujos, los tremolantes pañuelos se bañan en la alberca del desplegado arco iris y las aves del paraíso, vestidas con la divina túnica de gala, cantan sus seguidillas en la pista de baile la noche de boda del universo que la naturaleza celebra cada día.
Las sirenas y los zagales peces y las estrellas, abren ruborosamente las ventanillas de sus alcobas como las finas amas de casa, supinas entre las jaimas de cemento implantadas en la llanura.
Las blancas reinas de las abejas besan las copas de las flores caídas en cascadas de néctar purpúreo y los árboles bambolean su silueta primaveral antes de entregarse a una danza sufí, tendiendo sus brazos al vacío que rodea, dibujando sus internas sensaciones en cada momento\baile que nunca se repetirá jamás. Las bandadas de grullas, gaviotas, hormigas, abejas, apacibles palomas y las venideras olas del mar, atavían los segundos de la vida de la eternidad con cuadros de remolino movimiento que ornamentan el escenario de la diáfana carpa ceremonial.
En los valles, las cobrizas esquilas tañen, colgadas alrededor de los cuellos de los hatajos, marcando el ritmo del coro melódico que mana y en las estepas silban los pequeños demonios del viento gitano con rasgada voz sus hechizantes canciones.
Dentro del cuerpo de la tierra, justo debajo de la piel, chirrían las profundidades del agua que todavía sueña con nacer algún día, allá, en la cuna del lodo donde se abrigará con los cerúleos cielos.
Mucho más lejos, más hondo, allá queda el gran volcán: el clamoroso corazón de la tierra, de donde vienen empujando las arterias de los océanos y los salados mares repletos de amor; y hacia donde se destinan las venas de los dulces ríos. En vuestro nombre, el volcánico corazón de la tierra lidera la orquesta de la existencia...
Solo.
Murcia

Friday, September 29, 2006

BARRIOS EN LAS VENAS

Todavía me acuerdo de la primera vez que llegué al barrio. Hace ya más de veinte años, cuando llegué al barrio por primera vez sentí algo extraño, no supe exactamente definir este sentimiento de extrañeza que irrumpió en mis adentros. Vine en compañía de un paisano que me pidió que le acompañara a visitar un familiar suyo que tiene una tienda de bisutería en la calle Amparo. Al salir del Metro nos metimos por la calle Sombrerete y después doblamos a la derecha y empezamos a subir la cuesta. Menos mal que la tienda estaba a mitad de la calle y no tuvimos que subir toda la cuesta del tirón. Al entrar en la tienda vimos a Muttásim, el pariente de Ali, que estaba despachando a unos clientes. Nos sonrió y siguió con sus clientes, nos entreteníamos Ali y yo mirando en el escaparate de la tienda. Había collares de cuentas de madera y semillas de frutas africanas secas de diferentes colores, pulseras de cola de elefante y aretes y colgantes de ébano y marfil. Cuando salieron los clientes Muttásim se acercó y nos saludó con mucha alegría. Nos invitó a un refresco y quedamos un rato charlando. Habló con Ali de la familia y especialmente de un hermano suyo que se va a casar dentro de un par de meses en Sudán. Decía que no podrá ir a asistir a la boda, aunque algo de dinero tendrá que enviarle para ayudar en los gastos de la fiesta. Muttásim era un hombre de pocas palabras, lo contrario que mi amigo Ali que era un cachondo y gastaba bromas hasta con los curas. Nos quedamos una horita con Muttásim y salimos de nuevo a la calle. Al salir, Ali, que era el conocedor de la zona me llevó hacia arriba, o sea, a subir lo que nos había quedado de cuesta.
- ¡Es que nos pilla mejor coger la Línea Uno, desde Tirso de Molina!
- Vale, lo que tú digas, jefe. Oye, Ali ¿cómo se llama este barrio donde estaba la boca del Metro por donde hemos venido?
- Eso es el Barrio de Lavapiés, todo eso es Lavapiés, ¿por qué?
- No, nada, sólo preguntaba.
Pasamos por otras tiendas de bisutería con estilos y nombres muy variopinta, una era hindú, otra senegalesa, otra marroquí, una de todo a cien de chinos, me encantaba esta diversidad. Yo me paraba en cada una de las tiendas y me quedaba mirando. No tenía la intención de comprar nada, sólo curioseaba y me sentía a gusto en este ambiente. Luego pasamos por la pescadería de la calle Esgrima. Me paré y me quedé mirando a través del cristal a uno de los vendedores que limpiaba un pescado grande y lo cortaba en rodajas con mucha habilidad. No tenía ninguna prisa para seguir andando hasta el Metro. Ali se impacientaba mientras yo observaba el interior de la tienda y finalmente me preguntó:
- ¿Qué te pasa, hombre, desde que llegamos aquí estás como muy ido?
- ¿Qué me va pasar? Sólo estaba pensando en invitarte este finde a comer pescado. Yo lo hago muy bien, igualico, igualico que el del Sukki, (1) y vendré a comprarlo de aquí. Me dije para mi sayo: algo me atrae en este barrio.
Después volví un par de veces con Ali que conocía las calles y tenía algunos amigos que se juntaban en la Plaza de Agustín Lara por las tardes. Dos cubanos, un colombiano, un ecuatoguineano y algún español que otro. Una vez pasó un brasileño con una guitarra y empezó a tocar. Uno de los cubanos se fue y al rato volvió con un cajón y empezó a acompañarle. Al son de nuestro improvisado grupo musical se paraban algunos de los que pasaban y un espíritu de alegría y festejo envolvía el ambiente. Yo disfrutaba de cada momento y cada suceso. Ali me llevó una noche a un bar de rock and roll en calle La Fe. Conocía el camarero que al llegar nos saludó. Ali nos presentó, pero yo no me enteré de su nombre. Me callé y cuando él se fue al final de la barra para traernos los dos tercios que pedimos, le pregunté otra vez a Ali. Resulta que se llama Harry, pero como en español la h se pronuncia j, yo estaba totalmente perdido. El Harry es un auténtico personaje, viste como cowboy, o sea, melena, sombrero, pantalones y chupa de cuero, cinturón gordo decorado con estrellitas de plata y botas como las que llevaba Clint Estwood en la película Sin Perdón. Eso sí, muy buena gente, un barmán genial y con un gusto musical exquisito. Trabajaba allí de camarero, aunque en realidad toda la gente que iba al Botas, que así se llama el local, iba por él. Verle sirviendo y pinchando la música a la vez es un espectáculo. Hace muchos juegos acrobáticos en cada movimiento, echando el hielo con la pinza en los vasos de tubo, abriendo los tercios de cerveza, tirando las chapas al cubo de basura, echando los tragos, poniéndolos delante de los clientes sobre el mostrador, todo es motivo de creatividad, siempre sonriente y activo. Volví al Botas muchas veces con Ali y otras con otros amigos.
Seguí viniendo solo a Lavapiés y empecé a conocer a gente por mi cuenta. Entonces vivía en el Paseo de las Yeserías, a las orillas del Manzanares. A menudo venía a Lavapiés y cancaneaba por las calles estrechas y con suelo de ladrillo. Me prestaban los portales grandes de madera antigua y labrada, las farolas que emanan magia y misterio, las pequeñas plazuelas donde juguetean los niños y se pasean los perros. Rumiaba en mis caminatas sin rumbo los versos sobre caminar que me inspiraban y daban sentido a mis pasos: “Caminante, no hay camino, se hace el camino al andar, al andar se hace el camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca, se ha de volver a pisar”, (2) muchos hablaron de lo mismo, de infinitas maneras y desde infinitas perspectivas: “Ser en la vida romero, romero siempre que cruza por caminos nuevos, ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre, y sin pueblo, ser en la vida romero... sólo romero, que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez solo y ligero, ligero, siempre ligero.(3) Me acuerdo de la primera vez que entré en una corrala, me quedé embelesado. Las cuerdas de la ropa parece que unían una parte del edificio con la otra y en el centro del patio había unas macetas con plantas que formaban un círculo, alrededor de una fuente pequeña que tañía la relajante música del agua. Todo me resultaba natural y lleno de historia y autenticidad. En aquellos tiempos había pocos extranjeros en España, y todo el mundo los llamaba extranjeros, así, tal cual: extranjeros, sean de donde sean.
Un día fui a un bar pequeñito que había por la calle Salitre. Nunca había entrado antes ni conocía a nadie, sólo me gustaba su aspecto antiguo y la presencia de la madera en la decoración de la puerta. Total, entré y pedí una caña y me encendí un cigarro. Cogí el periódico que estaba en la barra y me acomodé en un taburete. Había poca gente, entre ellos una pareja de jovencitos que me sonrieron a la vez al entrar. Al rato el chico se levantó y se dirigió hacia mí con un cigarro en la mano. Yo tenía el mechero preparado en la mano para dárselo antes de que llegara. Me lo devolvió agradeciendo después de encender su cigarrillo y volvió a sentarse al lado de su chica. Yo me sentía a gusto y pedí otra caña. Al rato entró un señor de treinta y pico años y fue a saludar a la pareja. La chica le abrazó y le llamaba tío al hablarle. Después él se acercó a la barra y pidió un cubata. Al mirarme me saludó:
- ¡Hola!, ¿qué tal estamos?
- Muy bien. Aquí andamos, pasando el rato.
- ¡Me alegro, hablas el español bastante bien!
- Lo estoy estudiando, no hablo tanto, pero me comunico, me defiendo, vamos.
- Eso es modestia de tu parte, ¿perdona, me permites que te hable de tú?
- Sí, por supuesto.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí, si no es una indiscreción?
- No, ninguna, casi tres años ya.
- ¡Jope, y hablas así, bueno, bueno, yo soy Pepe!
Lo dijo tendiéndome la mano.
- Samba.
- ¿como la danza?
- Sí, exactamente.
Se quedó un lapso con cara de sorpresa mientras mantenía mi mano apretada por la suya y después se echó a reír de una manera muy espontánea y natural y me dijo:
- Encantado de conocerte, Samba, perdóname por la risa, me gustaría presentarte a mi sobrina y su novio. Están ahí, ven a sentarte con nosotros, por favor. ¡Mira qué niña más maja es mi sobrinita!
Me presentó a los dos chicos y pidió otra caña para mí y empezamos a charlar los cuatro. Me preguntaron curiosos de dónde era, dónde vivo, si tengo familia aquí y dónde había aprendido el español. Se lo conté todo y les expliqué que estoy haciendo el tercer curso en la Escuela Oficial de Idiomas. No me molestaban nada sus preguntas, eran muy naturales e inocentes, y yo también me sentía extranjero entonces y tenía la misma curiosidad que ellos por conocer todo cuanto me rodeaba. Pepe era un hombre muy gracioso y muy generoso. Contaba chistes y de vez en cuando cantaba una copla. Derrochaba mucha energía y alegría e invitaba a todo el mundo, Claudia, su sobrina, el novio Víctor, la Señora Carmen que estaba en la mesa de al lado, invitaba hasta el camarero. A mí no me dejaba pagar nada, me cogía de la mano como los sudaneses e insistía que no pague cada vez que llevaba mi mano al bolsillo. Pasamos casi cuatro horas charlando y riéndonos. Después los chavales dijeron que se iban porque habían quedado con unos amigos. Pepe pagó todo, claro, y el camarero insistió en invitarnos a la penúltima. Nos la tomamos en la barra y nos despedimos de la gente del bar. Al salir a la calle y despedirnos de los chavales pensaba en despedirme de Pepe que me rodeaba los hombros con su brazo diciéndo:
- Samba, me alegro mucho de conocerte, quiero que vengas conmigo ahora a casa, quiero que sepas dónde está mi casa y quiero presentarte a mi señora Isabel, a mi hija Lucía y a nuestro perro Cacho. Así puedes volver cuando quieras. Está aquí al lado, en Doctor Piga.
No sabía qué decirle, seguimos caminando hasta su casa. Abrió la puerta y entramos al salón. No había nadie. Se metió en la cocina, abrió la nevera y sacó dos botellitas de cerveza. Las puso en la encimera y sacó un trozo de queso y otro de chorizo, puso la tabla de madera y empezó a cortarlos en rodajas. Después cortó algo de pan y lo metió en una cestita, abrió las botellas, me las dio, cogió el plato donde tenía las rodajas de chorizo y queso y la cesta del pan y nos dirigimos al salón. Nos sentamos, puso algo de música y seguimos charlando. Al rato se abrió la puerta de la casa y entró su mujer Isabel. Le dio un besito y a mí dos presentándose. Al decirle mi nombre, sonrió y me dijo:
- ¡Qué bonito, como la danza de Brasil! No sabía que también era nombre propio.
Entonces dijo Pepe:
- ¡Pues mira, pero no es un nombre brasileño, sino africano! A mí me hizo tanta gracia oírlo que no pude contener la risa. ¡Es que me sorprendió, Samba, nunca lo habría imaginado, de veras!
- No te disculpes, Pepe, a mí me lleva sorprendiendo desde que tengo uso de razón.
Nos reímos todos e Isabel se fue a la cocina a por una copa de vino. Se unió a nosotros y le contó a Pepe que se encontraron con la abuela por el camino, y que Lucía y Cacho se fueron a pasar un rato con ella. Me enseñaron las fotos de su niña con mucha ilusión y ternura. Pasé un rato muy agradable con ellos y al despedirme me acompañaron los dos hasta la escalera, insistiendo en que les visite la próxima vez que venga por el barrio.
- ¡No tienes más que timbrar, Samba, además todavía no has conocido a Lucía, es un cielo, ya la conocerás!
Me decía Isabel mientras bajaba la escalera.
- Estoy seguro que lo es, pasaré a veros la semana que viene, ¡adiós!
Volví otras veces a casa de Pepe e Isabel, conocí a Lucía y Cacho. Lucía tenía ocho añitos, de pelo castaño y una carita delgada y fina como la de los pájaros. Lo que más me gustaba en ella era su mirada fija e inteligente y su voz aguda como un timbre. Cantaba flamenco con tanto sentimiento que se le veían las venas de la garganta y el cuello. Al cantar tenía mucha personalidad y parecía que tenía mucho más edad de la que tenía, de hecho yo le trataba como adulta y ella me respondía como tal. ¡Qué gracia tenía!, ¡muy salá!, como siempre decía su madre. Enseguida nos hicimos muy amigos y nos cogimos mucho cariño. A veces bajaba con ella a dar un paseo con Cacho. Pasamos un buen rato jugando y correteando por la calle Argumosa. Me sentía en la casa de Pepe y su familia como en casa de mis padres.
Después cambié de casa, fui a vivir al barrio de Tetuán, que era también un barrio muy popular y con mucha vidilla. Además de vivir un poquito lejos, en aquella época tenía que concentrarme mucho en mis estudios, pero no dejé de venir al barrio de vez en cuando, por lo menos una vez a la semana. Pasaba a veces por casa de Merche, que vivía en la calle Mesón de paredes. Nos conocimos a través de Kamal y Carla, dos compañeros míos de la escuela. Merche trabajaba en un laboratorio de fotografía y tiene mucho espíritu creativo en todo lo que hace. Cuando visité su casa por primera vez me llamó mucho la atención que todos los muebles son de madera, antigüedades como las de las casas de otra época, todos preciosos y están como nuevos. Me contó que hizo un curso de restauración de muebles y que todos los muebles que hay en la casa son recogidos de la calle y restaurados por ella. Me quedé fascinado. Merche tiene un carácter muy alegre y positivo, aún estando preocupada no le falta el sentido del humor. Su voluntad no tiene límites y es capaz de superarse cada día. Su manera tan original y espiritual de ver las cosas hace que parezcan locuras algunas de las cosas que hace o dice. Me acordaré siempre de su famosa frase, como réplica a la exclamación de cualquiera de nosotros “!estás loca!, ella siempre contestaba riéndose: “¡bendita sea la locura si es como la mía! Nos sentábamos durante horas charlando y escuchando música, a veces le recitaba poesía. Otras veces salíamos e íbamos a ver una exposición de arte o una actuación de música o teatro.
Un día conocí un mesón por la calle Cabeza, detrás del Teatro Apolo, en Tirso de Molina. Lo llevaba una señora de unos cuarenta años, morena, de tez bronceada y una cara guapa en la que sonreían dos grandes ojos ennegrecidos. La señora Estrella era muy delgada y dinámica, y, a mi juicio personal como profesional de la hostelería, muy buena bar tender. La segunda vez que fui a su bar me reconoció y me saludó cordialmente. Pasé un rato escuchando flamenco y observando algunos chavales que jugaban al futbolín. Al pagarle las tres cañas que tomé me invitó a otra antes de irme. Me gustó el detalle. Volví más veces, especialmente cuando descubrí que tenían en la parte de atrás un tablao de flamenco. No era un espectáculo abierto al público, pero yo entraba allí como uno de la casa. Me encanta escuchar flamenco, pero verlo cantar y bailar por los gitanos en aquel mesón de Lavapiés era de ensueño. Tuve mucha amistad con la Señora Estrella, me regaló por mi cumpleaños un par de novelas, El camino, de Miguel Delibes, y El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. También me hice amigo de un chaval de mi edad que estudiaba inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. Se llamaba Borja y era muy inteligente. Estaba ya en cuarto de inglés, sabía mucha gramática y tenía bastante buena pronunciación. Cuando coincidíamos me hablaba en inglés para practicar. Con el paso del tiempo iba conociendo cada vez más locales por el barrio y teniendo más amigos con los que comunicarme y compartir mi tiempo de ocio.
Cuando acabé mis estudios pasó un incidente que cambió el rumbo de mis pasos, recibí la triste noticia de la muerte de mi padre. Yo soy el tercer hijo de mis padres, o sea, el tercero de arriba, y tenía otros hermanos pequeños que todavía estaban estudiando en la escuela. Además llevaba casi seis años lejos de mi tierra y mi familia. En fin, había bastantes motivos por los que decidí volver a pasar un tiempo con mi familia en África.

Volví a Sudán, después de tanto tiempo fuera todo era muy diferente para mí. Tardé casi dos meses en entender todo lo que decía la gente. Había nuevos giros y nuevas expresiones, mis hermanos, mis vecinos y mis amigos de la niñez hablaban una nueva jerga que yo no conocía. Volver a estar con mi familia me vino muy bien. Mi madre estaba supercontenta por mi vuelta y me cuidaba como cuando era niño. Nos sentábamos a charlar por las noches, me contaba de muchas cosas que pasaron en los años de mi ausencia. Veía el vacío que dejó la muerte de mi padre en su corazón, siempre se querían y se admiraban. Mi presencia era un gran consuelo para ella.
Muchas veces salía por las tardes a pasear solo. Había un riachuelo a dos manzanas de mi casa al que iba a menudo. Allí paseaba y rumiaba mi vida en España, proyectaba en mi mente las películas y películas que tenía archivadas en mi memoria sobre los lugares y los amigos del barrio, Lavapiés. Hacía soliloquios en español mientras paseaba, imitaba a los pasotas y los viejos que charlaban con sus voces rasgadas en las antiguas bodegas tomando chatitos de vino, imitaba a los gitanos y los andaluces, imitaba hasta a los guiris hablando en castellano. No quería olvidarme de nada. No me olvidé de nada, seguí soñando en español de cuando en cuando.

Pasé varios años en mi país. Al volver a Madrid, a principios de los noventa, me alojé en casa de mi amigo Saif que vivía en Alvarado. Después de tantos años sin vernos, estuvimos charlando toda la noche Saif y yo. A la mañana siguiente me levanté tarde, sabía que tenía que pasar el día solo porque Saif se levantó temprano y se fue a trabajar. Después de comer cogí el Metro y me fui a Lavapiés. Había cambiado mucho el barrio y la sociedad española por lo general, , se nota el efecto de la europeización, más bien, la errónea asimilación del concepto, los españoles ya no son tan campechanos como antes, ya son más distantes, más fríos y soberbios; aunque siempre hay de todo en esta vida. Incluso ya no nos llaman como antes, extranjeros, ahora los del “tercer mundo” ya somos todos inmigrantes. Extranjeros son los norteamericanos y los europeos. El mesón de la calle Cabeza ya no existía, ni tampoco di con Pepe e Isabel que se habían mudado de su casa. ¡Cuánto me gustaría volver a verles, especialmente a mi pequeña amiguita Lucía, que ya se habrá convertido en una mujer muy guapa e interesante! ¡Cuánto ha llovido desde entonces! También había desaparecido el Molino Rojo, donde trabajé unos meses como camarero extra en el verano del Mundial del ochenta y dos. En aquel entonces lo alquiló un egipcio y lo convirtió en restaurante árabe con espectáculo. Tengo muy bonitos recuerdos de la época del Molino, mi amistad con la cantaora Reyes Romero que cantaba flamenco-pop y Eva, una norteamericana que bailaba la danza del vientre. Yo tenía una relación espléndida con todo el mundo, compañeros de trabajo, artistas y clientes. Emilio, uno de mis compañeros, me llevaba a veces al salir del trabajo, a las cuatro y media de la mañana, a dar una vuelta por ahí. Íbamos de bar en bar hasta las siete de la mañana. Emilio conocía a toda la gente, rara vez teníamos que pagar nada, y cuando nos tocaba hacerlo Emilio insistía en asumirlo él. La mayoría de las veces acabábamos tomando el chocolate con churros, ¡qué época aquella, vivir en un continuo carnaval, todos los día eran fiesta, todo era motivo de júbilo y celebración! Por cierto, fue Rafa, el botones del Molino Rojo, el que me contó de dónde viene el nombre de Lavapiés. Me dijo que el barrio de Lavapiés estaba en el límite de la ciudad de Madrid, donde los viajeros hacían la primera parada, y había unos lavabos donde la gente se lavaba y daban de beber a los animales. Y entonces empezaron a llamarlo así. Quizás haya otras versiones sobre el nombre del barrio, pero ésta es la que yo tengo, y, la verdad es que me parece muy lógica. Como dije antes, el barrio había cambiado mucho, menos mal que el Teatro Olimpia todavía estaba allí, tan hermoso como siempre. SOIDEMERSOL o LOSREMEDIOS, en la esquina de Argumosa con Salitre, el restaurante que todo el mundo conoce como El Económico, también seguía igual de acogedor y barato. Fui a ver al Harry en El Botas pero ya no estaba allí. Pregunté por él y alguien me dijo que ahora tiene un local por la calle Sombrería que se llama Flor de Bulevar. Qué alegría me dio ver al Harry en su propio local. La música como siempre, da gusto escuchar blues y rock and roll en Flor de Bulevar, además, se hace una Jumb Session los domingos por la tarde. Allí es donde descubrí que El Harry es, sobre todo, un buen guitarrista.
En realidad me encontré con pocas personas de las que conocía antes, pero, para mí el barrio seguía teniendo el mismo encanto, la misma magia en el ambiente que sólo siento en Ab-kadok, el barrio donde nací y pasé mi infancia. En Lavapiés me siento igual de entretenido, a gusto e hechizado. Después de una eternidad me di cuenta de ello, que al llegar a Lavapiés, aquella primera vez con Ali, me invadieron los recuerdos de Ab-Kadok. Y al volver a pisar Ab-kadok después de los años de la ausencia, me inundaron los recuerdos de Lavapiés de la misma manera. Entonces caí, son mis dos barrios de infancia, en Ab-Kadok pasé mi primera niñez, donde aprendí a hablar mi lengua, letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, verso a verso; y en Lavapiés pasé, siendo adulto, mi segunda niñez, donde aprendí a hablar el español de la misma manera. Son los barrios de mis dos infancias.
Al cabo de unos meses alquilé con un chico iraní un piso en la calle Escuadra, en Antón Martín. Al poco tiempo conocí un bar en la calle Ave María que se llama La Plaza. Lo llevaba una pareja de un africano y una asturiana. Begoña llevaba la barra y Juanma Bacumba pinchaba la música. En realidad Juanma es mulato, hijo de un guineano y una asturiana. Él nació y creció en España, no obstante conoce la música africana en todas sus dimensiones y su diversidad. Al bar de La Plaza venían muchos africanos y gente que le gustaba la música africana. Durante varios años La Plaza se convirtió en uno de mis garitos favoritos. Los domingos se hacía un concierto de música reggae. Más que concierto era una Jumb Session, encabezada por miembros de Afrobrass, un grupo de músicos africanos que llevan viviendo muchos años en Madrid, a los que se unían cada semana otros músicos y cantantes. Era impresionante, en dos palabras, ¡im-presionante! Venían a menudo miembros de Cañamán, otro grupo de reggae, compuesto por rastas blancos. En las Jumb Sessions de La Plaza se tocaba buenísima música reggae y venía muchísima gente africana y no africana. Para mí era un espacio magnífico donde me comunicaba con africanos que tienen una experiencia parecida a la mía en España. Gente que llegó hace más de una década, no huyendo del hambre, como siempre se refleja la imagen del africano en la tele, sino por inquietudes propias y porque les atrae descubrir y vivir lo que hay detrás del horizonte. Gente con mucho bagaje cultural y talento artístico que busca la libertad, busca mejores oportunidades y recursos para seguir evolucionando.
En La Plaza conocí a mucha gente y pasaba muchas noches escuchando música africana y reggae. Allí escuché por primera vez a Fela Kuti, Salif Keita, Kassav, Bembeya Jazz International, Franco y otros grandes músicos y grupos africanos. Un día conocí a una chica vallecana que se llama Paloma. Llegó por primera vez un martes con una chica y se sentaron en la otra punta de la barra. Nos miramos desde lejos de hito en hito un par de veces. No llegamos a hablarnos. Pero la segunda vez sí, volvió el domingo, la noche de la fascinante Jumb Session de música reggae. La música empezó a tocar y el ambiente se encendió. Con el ritmo del reggae, tan penetrante y conductor, la gente se enloquecía y se lo pasaba pipa. De pronto vi a Paloma a mi derecha, bailaba como una africana y de vez en cuando gritaba mientras giraba a su alrededor. Tenía los ojos cerrados y estaba tan suelta como si estuviera sola en una cabaña solitaria entre palmeras en una playa del Caribe. Estaba a su bola, totalmente a su bola. Abrió los ojos de repente y me pilló mirándola. Me sonrió y siguió bailando. Cuando se acabó la canción todo el mundo aplaudió y se escucharon unos pitidos y muchos gritos de regocijo. Paloma abrió su bolso, sacó un cigarrillo y empezó a buscar el mechero en sus bolsillos. Yo me acerqué con el mechero en la mano y se lo encendí, me lo agradeció y me ofreció otro del paquete que tenía en la mano. Lo acepté y nos presentamos. Nos dimos los dos besitos y charlamos durante una canción, lo típico en los primeros encuentros, hablamos de muchas cosas a la vez. Cuando empezó la siguiente canción Paloma me dio el cigarro que estaba casi acabado, para apagarlo en el cenicero que estaba en la mesa detrás de mí y saltó a bailar No, Woman, no cry, en el pequeñísimo espacio que separaba el público de la tarima de los músicos que ocupaba la esquina. Se juntó a ella una chica africana que bailaba muy bien. Después de la canción volvió a mi lado y seguimos charlando y tomándola. Se acabó el concierto y seguimos hablando enganchados, olvidándonos del resto del universo. Aquella noche Paloma no bajó a dormir a su casa en Vallecas, sino que subió conmigo por la calle Esperanza y subimos a pie hasta mi casa en el cuarto piso del primer edificio de la calle Escuadra. Paloma era muy simpática y creativa, un torbellino de chica, conocía a un montón de gente y de garitos interesantes. Al principio conocí a su hermana pequeña Ali, no como mi amigo, sino como abreviación de Alicia, que vino a mi casa a las dos semanas de conocernos Paloma y yo.
Con Paloma fui a Vallecas y allí conocí a sus padres y a su hermano pequeño David. Cuando llegó el verano sus padres se fueron al pueblo y muchas veces íbamos a pasar el fin de semana en su casa. Me decía que le encantaba verme andar descalzo por su casa. En agosto se celebraban las fiestas del pueblo, donde sus padres tienen un puesto de venta de bebidas. Paloma tenía que ir a ayudar a sus padres como todos los años y me propuso irme con ella. Siempre me gustaba ver nuevos cielos y pisar nuevas tierras. Fuimos a Millana, un pueblo minúsculo y perdido en la llanura de Guadalajara. Me encantó, como me he había afirmado Paloma antes de irme para seducirme. Por las noches, cálidas como las noches africanas, salía solo a los límites del pueblo y disfrutaba de contemplar el cielo inmenso y negro, y en el cielo un sin fin de estrellas titilando, como invitándonos a hablar. Pasé tres semanas con Paloma y su familia en Millana y volví a Madrid. Siempre en mis viajes echo de menos a Lavapiés y me siento feliz al volver, a menudo me sale el “¡hogar, dulce hogar!” al llegar a mi casa.
Después de aquella época cambié de trabajo y me fui a vivir a un piso en el Paseo de Santa María de la Cabeza, cerca de la Plaza Elíptica. Seguía viniendo por el barrio los fines de semana. La Plaza cambió de dueño, de música y de estilo. Ya no íbamos ninguno de los que lo frecuentaban cuando lo llevaban Begoña y Juanma. Después surgió otro local que lo llevaba una familia colombiana. Tenía un nombre curioso, se llamaba el “Haagale mijo”. Me explicó Montse, una colombiana española que paraba allí, que es un juego de palabras que tiene una alusión erótica, que si volvemos las palabras a su origen veremos la frase: ¡hágale, mi hijo!, lo que suele decir la mujer colombiana en la cama a su pareja cuando están haciendo el glon glon. En el “Haagale mijo” se juntaban los africanos que habitan en Lavapiés, que ya forman una comunidad notablemente numerosa. El bar no tenía terraza, pero en verano sacábamos los taburetes y nos poníamos a la sombra de los dos árboles que había en la acera. Muchas veces los chicos traían una guitarra y se ponían a tocar. Venía a menudo Fernando Obanda, un cantautor de Guinea Bissau bastante conocido. Cuando él tocaba el ambiente se animaba bastante. También venía de vez en cuando Rubem Veloso, un percusionista brasileño que toca con grandes músicos como Paco de Lucía y Chico Rea. Tiene trenzas, o más bien dreads de rasta, como los de Bob Marley cuando cantó Redemption Song. Cuando coincidían los dos era la bomba, se paraban hasta los coches que pasaban por la calle.
Lavapiés es un manantial de agradables sorpresas, de espacios abiertos y ocultos donde con mucha naturalidad y espontaneidad conviven y se interrelacionan gente de diversas culturas. Es el barrio de mi segunda infancia. Viví en muchos barrios en mi vida y tengo bonitos recuerdos de muchos lugares, pero dos barrios son muy peculiares en mi vida: Ab-Kadok y Lavapiés. ¡Lavapiés!, donde no se dan las gracias, se dice: ¡muchas veces!; donde no se dice la última, siempre es la penúltima, por si acaso. Fuera adonde fuera, siempre serán los barrios de mis dos infancias, los barrios que corren por mis venas. Cuando me acuesto por la noche me tranquiliza el alma que estamos bajo el mismo cielo, aunque hace muchos años que ya no duermo bajo el cielo de mi primera infancia.






Ántar H. A.
(1) El Sukki, una tienda de venta de pescado frito para llevar muy conocida en la ciudad natal del autor.
(2) Los conocidísimos versos de Antonio Machado.
(3) Versos de León Felipe.

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